La verdad es que yo también sigo enamorado. No tanto de ella en si, más bien de sus felaciones. Como lo hacía, era una maravilla. Te pegaba unos mordisquitos en el capullo tremendos, y te la embadurnaba de nocilla, era una bestialidad, porque después al besarla, recogías el regusto de la crema de avellanas, y te ponían más a tono todavía. Incluso una vez logramos hacer la táctica del Wailer, que consiste en que la tía primero te la chupa bien chupadita, y cuando ya tienes el zumo de nabo a media tranca, te introduce una pajita, no muy grande, y te succiona el semen como si fuese un cacaolat. Fue la hostia, la mejor mamada de mi vida, en serio. No se puede hacer demasiado, porque sino el agujero del pito se te queda como una de las canastas del madison square garden, pero es un placer para dioses.